Hay artistas que no necesitan presentación, pero sí una historia bien contada. Michael llega con esa presión desde el minuto uno: retratar a Michael Jackson no es cualquier cosa, y menos cuando hablamos de alguien cuya vida está llena de momentos icónicos, polémicos y profundamente humanos.

La película entiende eso… al menos en intención. Desde el inicio se siente que quiere ser un espectáculo a la altura del personaje, pero también un vistazo más íntimo a su vida. El problema es que no siempre logra equilibrar esas dos cosas, y ahí es donde empieza a tropezar.

Aun así, sería injusto decir que no funciona. Hay varios momentos donde conecta muy bien, sobre todo cuando deja que la música y la puesta en escena hablen por sí solas. Pero cuando intenta estructurarse como biopic tradicional, es donde se vuelve más irregular.

Una estructura que le juega en contra

Uno de los principales temas con Michael es su narrativa. La decisión de dividir la historia en dos partes termina afectando directamente cómo se siente esta primera entrega.

No es tanto que falte contenido, sino que la forma en la que está distribuido hace que el ritmo se sienta inconsistente. Hay segmentos que se toman su tiempo para desarrollarse, mientras que otros pasan muy rápido o se quedan a medias. En lugar de sentirse como un recorrido completo, da la impresión de estar viendo piezas sueltas que todavía no terminan de encajar.

Esto se nota especialmente cuando la película parece olvidar momentáneamente el eje que estaba construyendo. Empieza una idea, la deja en pausa, y luego regresa más adelante sin que haya una transición del todo sólida. Como espectador, sí llegas a sentir esa desconexión.

Y aquí es inevitable compararla con otras biopics recientes como Better Man, Rocket Man, e incluso Bohemian Rhapsody, que sin duda logran algo que Michael no termina de concretar: un flujo narrativo constante.

Esas películas saben cuándo detenerse, cuándo avanzar y cómo construir emocionalmente a su protagonista. Aquí, en cambio, hay altibajos constantes. Y eso pesa más de lo que debería, porque la historia de Michael Jackson tiene material de sobra para sostenerse.

Cuando la película se enfoca, funciona muy bien

Ahora, donde la película realmente encuentra su fuerza es en todo lo relacionado con la música.

Cada vez que entra un número musical, la experiencia cambia. Hay una energía distinta, una claridad que no siempre está presente en las partes narrativas. Aquí sí se siente que el equipo tenía muy claro qué quería lograr.

Las coreografías están bien ejecutadas, el montaje acompaña correctamente y el diseño sonoro hace su trabajo. Escuchar estos temas en una sala de cine, con una producción de este nivel, es algo que sí suma mucho.

Además, la fotografía tiene momentos bastante interesantes. Hay encuadres y juegos de iluminación que claramente buscan recrear imágenes icónicas de la carrera de Michael. No se sienten como simples copias, sino como reinterpretaciones que respetan el material original.

Esto le da identidad visual a la película, algo que se agradece bastante considerando lo difícil que es representar a alguien tan reconocido sin caer en la imitación vacía.

Actuaciones que sostienen gran parte del peso

Gran parte de la responsabilidad de que la película funcione recae en Jafaar Jackson, y en varios momentos cumple bastante bien.

Hay escenas donde nuestro protagonista realmente logra meterse en el personaje. Su forma de moverse, de reaccionar y de habitar el escenario está muy lograda. En esos momentos, la película se siente más auténtica.

Pero no es algo constante. También hay partes donde la interpretación pierde fuerza o no termina de transmitir lo mismo, lo cual genera cierta irregularidad en el impacto emocional.

Donde sí hay una sorpresa muy positiva es en la etapa de la infancia. El niño que interpreta a Michael durante los años de los Jackson 5, Juliano Krue Valdi, hace un trabajo muy sólido. Logra transmitir esa mezcla de inocencia, talento y presión que define esa etapa de su vida.

Las escenas familiares también aportan bastante. La relación con su padre, marcada por la exigencia extrema y el maltrato, está bien llevada. No se siente exagerada, pero tampoco suavizada. Es incómoda cuando tiene que serlo, y eso ayuda a entender mejor el contexto en el que creció.

El resto del elenco cumple bien, sin robar protagonismo pero aportando lo suficiente para que las dinámicas funcionen.

Más allá del ícono: el lado humano

Uno de los puntos más interesantes de la película es cuando intenta mostrar a Michael más allá del escenario.

Hay momentos donde se explora su relación con la fama, con sus fans y con la presión constante de estar bajo el ojo público. No siempre se profundiza tanto como podría, pero cuando lo hace, son de los pasajes más valiosos.

Se alcanza a ver ese contraste entre el artista que domina el escenario y la persona que vive con inseguridades, expectativas imposibles y una relación complicada con su propia imagen.

También se tocan temas como su infancia, el impacto del éxito a temprana edad y cómo eso va moldeando su forma de ver el mundo. Son elementos que ayudan a darle más dimensión al personaje, aunque en varios casos se quedan un poco cortos en desarrollo.

Apartado técnico: donde la película brilla más

En términos técnicos, Michael tiene varios aciertos claros. El vestuario está muy bien trabajado. Cada etapa de su carrera está representada con atención al detalle, y eso ayuda mucho a ubicar visualmente en qué momento de su vida estamos.

La dirección de arte también cumple, sobre todo en escenarios relacionados con conciertos y presentaciones. Hay una sensación de escala que se mantiene en esos momentos y que eleva la experiencia.

La fotografía, como ya mencionaba, tiene momentos muy inspirados. No es constante todo el tiempo, pero cuando decide apoyarse en referencias visuales claras, logra resultados bastante efectivos.

Y la puesta en escena, especialmente en los números musicales, es donde todo esto se junta y funciona mejor. Es ahí donde la película deja de sentirse irregular y se vuelve más sólida.

El problema de querer abarcar demasiado

Otro tema importante es que la película intenta cubrir demasiados aspectos de la vida de Michael en un solo bloque.

Esto no sería un problema si estuviera mejor distribuido, pero al tener que dividir la historia en dos partes, muchas cosas se quedan en el aire. Se introducen temas que no se desarrollan del todo y que claramente están guardados para la siguiente entrega.

El resultado es una sensación de incompletitud. No en el sentido de “quiero ver más”, sino en el de “esto todavía no termina de tomar forma”.

Y eso afecta la experiencia general, porque aunque hay momentos muy bien logrados, no siempre se sienten parte de un todo cohesivo.

Conclusión

Michael es una película que tiene claro el peso del personaje que está retratando, pero no siempre sabe cómo manejarlo.

Como biopic, sufre por una estructura irregular y por decisiones narrativas que le quitan fuerza a la historia. Frente a otras películas del género, se siente menos sólida en ese aspecto.

Pero al mismo tiempo, tiene elementos muy rescatables: la música, la puesta en escena, el trabajo visual, el vestuario y varios momentos de actuación que sí logran conectar.

No es una mala película, pero tampoco es la gran biografía definitiva que muchos esperaban. Se queda en un punto intermedio, donde hay cosas que funcionan muy bien y otras que claramente pudieron haberse trabajado mejor.

Aun así, verla en cine tiene sentido. Hay momentos que se disfrutan más en pantalla grande, especialmente todo lo relacionado con la música.

Y al final, también queda esa sensación de que esto es solo una parte de algo más grande. Porque sí, esta historia todavía no está completa… habrá que esperar la parte 2 para ver si logra cerrar bien todo lo que aquí se queda a medias.

Calificación: 7 / 10

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