Hay películas que no solo te cuentan una historia, sino que te obligan a tomar postura. , titulada en español Sin Piedad, pertenece a ese grupo incómodo que plantea una pregunta directa y difícil de esquivar: ¿qué pasaría si le confiáramos todas las decisiones importantes a una inteligencia artificial? No como apoyo, no como asistente, sino como autoridad absoluta. Como juez final.

Ambientada en un Estados Unidos donde la seguridad nacional y el sistema judicial han sido entregados por completo a una IA omnisciente, Mercy imagina un mundo en el que los datos lo son todo. Cámaras, expedientes, historiales digitales, patrones de conducta: nada escapa a su análisis. Y con base en eso, dicta sentencias. Rápidas. Definitivas. Sin margen para la duda humana.

Desde ahí, la película construye un thriller que durante buena parte de su metraje se siente tenso, cerebral y provocador. No siempre acierta en sus decisiones narrativas, pero cuando funciona, lo hace con una fuerza que incomoda… justo como debería hacerlo una historia sobre justicia y tecnología.

Un juicio sin jueces humanos

El corazón conceptual de Mercy está en su sistema judicial. Aquí no hay jurados ni magistrados deliberando durante horas. La inteligencia artificial analiza los hechos y asigna un porcentaje de culpabilidad. Si ese número rebasa el límite establecido, el juicio no continúa. La ejecución se realiza en ese mismo instante.

No existe la presunción de inocencia como la entendemos hoy. Existe la probabilidad estadística. Y eso cambia todo.

Este enfoque no solo es brutal por su frialdad, sino porque resulta inquietantemente plausible. La película no presenta a la IA como una entidad malvada que desea dominar el mundo, sino como una herramienta creada para ser eficiente, objetiva y funcional. El problema no es la intención del sistema, sino la fe ciega que se deposita en él.

Chris Raven despierta culpable

En medio de este engranaje despiadado está Chris Raven, un policía interpretado por , quien probablemente entrega aquí una de las actuaciones más interesantes de su carrera. Raven abre los ojos en una sala de juicios sin entender del todo qué ocurrió. Lo único claro es que está acusado de haber asesinado a su esposa… y que la IA ya lo considera culpable en un 98%.

La regla es simple y aterradora: si no logra reducir ese porcentaje al menos al 92%, el juicio no se extiende. Morirá ahí mismo.

Pratt se aleja bastante del registro al que nos tiene acostumbrados. Aquí no hay héroe carismático ni sarcasmo constante. Su personaje está desorientado, emocionalmente devastado y obligado a defenderse no solo de un sistema implacable, sino de su propia memoria fragmentada. Y esa vulnerabilidad es justo lo que hace que su interpretación funcione tan bien.

El thriller policial como columna vertebral

Durante aproximadamente el 70% de la película, Mercy se construye como un thriller policial-detectivesco. El espectador es invitado a analizar pruebas, a desconfiar de los recuerdos de Raven y a preguntarse constantemente si el protagonista dice la verdad… o si la IA tiene razón.

Este tramo es, sin duda, el más sólido del filme. Cada escena en la sala de juicios, cada nueva revelación, suma o resta décimas al porcentaje de culpabilidad. Y la película logra que esos números se sientan como una cuenta regresiva real.

Lo interesante es que Mercy no intenta convencerte desde el inicio de la inocencia de Raven. Al contrario, juega con la ambigüedad. Hay momentos en los que la evidencia parece irrefutable, y eso refuerza el dilema central: ¿qué pasa cuando la lógica fría contradice nuestra intuición?

Rebecca Ferguson: la IA que domina la película

Uno de los mayores aciertos de Mercy es darle un rostro, una voz y una presencia contundente a la inteligencia artificial a través de . Su interpretación es clave para que la IA se sienta más como un personaje que como un simple recurso narrativo.

Ferguson construye una figura serena, precisa y absolutamente segura de sí misma. No hay malicia en su tono, ni arrogancia. Solo certeza. La IA no busca castigar, busca ejecutar el resultado correcto según los datos disponibles. Y es justo esa falta de emociones lo que la vuelve tan perturbadora.

Los diálogos entre Ferguson y Pratt son auténticos duelos ideológicos. No se gritan, no se confrontan físicamente, pero cada intercambio deja clara la distancia entre dos formas de entender la justicia. Ella representa el mundo de los hechos absolutos; él, el de las circunstancias, los errores y las zonas grises.

Sin exagerar, puede decirse que Rebecca Ferguson y Chris Pratt son quienes realmente sostienen la película. Su química —o más bien, su choque constante— eleva el material y le da peso a una discusión que podría haberse quedado en lo superficial.

Kali Reis y el contrapeso humano

Dentro de este sistema dominado por algoritmos, el personaje interpretado por cumple una función esencial: recordarnos que aún hay humanidad dentro de la ley. Como partner de Chris Raven, su papel no busca robar protagonismo, sino equilibrar la narrativa.

Reis interpreta a una policía que conoce el sistema desde dentro, pero que no lo acepta ciegamente. Su relación con Raven se siente genuina, construida desde la experiencia compartida y la desconfianza hacia un modelo que ya no deja espacio para el criterio humano.

Gracias a su personaje, Mercy no se convierte únicamente en un debate abstracto sobre tecnología. Ella aporta una mirada más terrenal, más emocional, que conecta el conflicto central con consecuencias reales. Es el recordatorio constante de que detrás de cada porcentaje hay vidas que no pueden reiniciarse.

El giro hacia la acción y el problema del final

Lamentablemente, no todo lo que Mercy construye se sostiene hasta el final. En su último tramo, la película abandona progresivamente su identidad detectivesca para abrazar una estructura mucho más cercana al cine de acción convencional.

La transición no es del todo orgánica. El ritmo cambia, la tensión psicológica se diluye y el conflicto se resuelve de maneras más genéricas. No es que el final esté mal ejecutado a nivel técnico, pero sí se siente menos arriesgado que todo lo anterior.

Personalmente, este giro no me convenció. Después de un planteamiento tan interesante y de un debate tan bien construido, el desenlace opta por caminos conocidos que restan impacto a la reflexión. Mercy tenía la oportunidad de cerrar con algo más incómodo, más provocador… y decide irse por una salida más segura.

Inconsistencias que pesan, pero no destruyen

Como muchas películas que abordan sistemas tecnológicos complejos, Mercy presenta algunas inconsistencias internas. Hay reglas del juicio que parecen flexibles solo cuando la historia lo necesita, y ciertos comportamientos de la IA que pueden generar preguntas si se analizan demasiado.

No son fallos que arruinen la experiencia, pero sí la debilitan un poco, sobre todo cuando el filme se aleja de su enfoque original para priorizar el espectáculo.

La justicia no siempre cabe en un algoritmo

Al final, Mercy no trata realmente sobre una IA fuera de control, sino sobre nuestra necesidad de delegar decisiones complejas para no cargar con su peso moral. La película deja claro que los datos son importantes, incluso necesarios, pero también insuficientes por sí solos.

La verdad estadística puede ser precisa, pero no siempre es justa. Y cuando eliminamos la intuición, el contexto y la empatía del proceso, corremos el riesgo de crear sistemas impecables… y profundamente inhumanos.

Con una actuación sobresaliente de Chris Pratt, una presencia imponente de Rebecca Ferguson como la IA y un sólido contrapeso humano gracias a Kali Reis, Mercy se mantiene como una propuesta relevante, incluso cuando tropieza en su tramo final.

Porque quizá el mayor error no sea confiar en la inteligencia artificial, sino creer que un porcentaje puede definir por completo lo que somos capaces de hacer… o de sentir.

Calificación: 7.5 / 10

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